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Es muy bello comprobar cómo a veces el afecto se torna imperecedero, y que el tiempo y su transcurrir, no hace sino potenciar dicho afecto. Este es el caso de mi amigo Bernardino Talavera. Entrañable, Talavera. No sé, ni cómo le conocí. Seguro que fue en el cauce seco del Turia, al coincidir tantas veces, corriendo y entrenando el marathón y mil distancias inventadas más. Talavera es eterno afecto. Un padrazo, al que hace mil años que no veía, y que el otro día descubrí mientras bajaba a animar a los corredores del Marathón Divina Pastora de Valencia. Fue algo espontáneo que me salió del corazón. Le llamé y el bueno de Talavera, al verme, me miró y me lanzó su eterna sonrisa amiga de niño mayor, mientras respondía alegremente a mi saludo. Qué buena persona es el amigo Talavera. De verdad, que, fantástico. Mis recuerdos siempre son gratos cuando le evoco. Yo, era un joven despistado y excesivo, que gustaba de la risa y el desenfado. Y yo creo que esa es una de las raz ...
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