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Bien es cierto, que el fútbol se convierte en seguida en una gran religión de pasiones. Y se le da, una trascendencia que no posee. Leonel Messi lleva en su personalidad de veinteañero, la lógica sensata de lo obvio. Parece saber lo que se lleva entre manos. No. Messi no quiere ser un icono mediático, ni gaitas de esas que el dinero propone. Mirad, lo único que por ahora se le ve a Leo, es que quiere ser feliz jugando al fútbol. Messi, es capaz de convertir a un enorme estadio catedral, en un descampado de barriada, donde casi todos pusimos nuestros pies infantes y juveniles, y en donde queda el recuerdo de una felicidad sincera y real. La felicidad de jugar al juego que más nos daba la gana, que era y es el fútbol. Messi no le hace ascos a la prensa, pero no le tiene la menor envidia mediática a Cristiano Ronaldo, cuyos pósters deslumbran a tantas y a tantos. Y no porque Leonel sea feo, que lo es. Sino porque Messi, no es partidario de la cosmética o del maquillaje imposta ...
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