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Tras el desencanto del 'tendido siete' del Bernabéu con Mourinho y 'lo' de Pepe, pegando y pidiendo perdón al estilo del Capitán del Costa Concordia, el patio estaba revuelto. Al quite ha acudido Zinedine Zidane, ese francés que jugaba con esmoquin, símbolo de elegancia y que hizo plasticidad los sueños de los aficionados al buen fútbol, fueran del equipo que fueran, porque este, al contrario que Cristiano, no jugaba para tapar bocas, sino para abrirlas. Zidane, que ha pasado del verde a la oficina, ha irrumpido en escena para amortiguar las críticas de aficionados y prensa sobre Mou y los jugadores. Cumpliendo con esa ley no escrita que aconseja no morder la mano que te da de comer, ha querido implicarse, alejarse de esa fama de un jarrón chino de la dinastía Ming, para proteger al entrenador que apostó por él. Normal. Nadie habría entendido otra postura. Irritado, teoriza que atacar a los jugadores es atacar al Madrid (su cargo obliga a esa línea edito ...
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